miércoles, 1 de abril de 2026

DUALIDAD DEL DUELO



La luz y la oscuridad

contienen la misma carga.

Lo bueno, lo malo,

lo justo o injusto.

El tiempo medido

a la medida del tiempo.

La sombra y sus luces,

las luces con su sombra.

 

No llevamos coronas negras

a un funeral,

pero sí nos vestimos de negro.

Ese luto oscuro

es el manto de la pérdida,

es el color que nos recuerda

el respeto hacia aquella alma

que se apagó.

 

El tiempo impuesto en cada uno

es lo que por generación nos inculcan,

o el afecto al fallecido.

Otros lo llevan eternamente;

quedan apagados, muertos,

ya no en colores, sino en su interior.

 

La dualidad de la vida y la muerte

es con la que llegamos al nacer.

Cada año es un regalo el vivir,

no sabemos el cuándo

pasa la guadaña a exigir

la partida con ella.

 

Todos sabemos que nos vamos,

mas no el cuándo.

Hay dualidades más profundas

que un simple yin yang.

No siempre lo claro o blanco

es claridad, pureza o luz;

a veces es solo el revés

que se acostumbra mostrar.

 

A veces una rosa blanca

va más teñida que el negro,

camufla las heridas vividas,

las espinas que lastimaron la vida.

Ni las velas encendidas

son pura luz: siempre reflejan su sombra.

Es tenue y tan intenso,

por más que complete entre rezos

su pulcritud.

 

Es símbolo sutil de la vida

mientras se consume encendida.

Así es la flor desprendida

que obsequiamos en las partidas:

frescas, perfumadas y hermosas,

adornando los rincones

que luego perecerán marchitas y secas,

olvidadas en la fría oscuridad sepulcral.

 

Blanco para el descanso,

negro para el luto.

Oscuro dentro,

florido encima.

Luego el tiempo dirá,

mostrará lo oscuro en la rosa blanca

y la claridad de la rosa negra.

 

El duelo hay que atravesar,

el dolor hay que procesar.

Y la vida siempre llega a su final,

de ella no se puede escapar:

es el contrato del nacer

y una promesa de eternidad

al cruzar el umbral.

 


©️Margarita Schaerer
Asunción - Paraguay (01/04/2026)


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