La luz y la oscuridad
contienen la misma carga.
Lo bueno, lo malo,
lo justo o injusto.
El tiempo medido
a la medida del tiempo.
La sombra y sus luces,
las luces con su sombra.
No llevamos coronas negras
a un funeral,
pero sí nos vestimos de negro.
Ese luto oscuro
es el manto de la pérdida,
es el color que nos recuerda
el respeto hacia aquella alma
que se apagó.
El tiempo impuesto en cada uno
es lo que por generación nos inculcan,
o el afecto al fallecido.
Otros lo llevan eternamente;
quedan apagados, muertos,
ya no en colores, sino en su interior.
La dualidad de la vida y la muerte
es con la que llegamos al nacer.
Cada año es un regalo el vivir,
no sabemos el cuándo
pasa la guadaña a exigir
la partida con ella.
Todos sabemos que nos vamos,
mas no el cuándo.
Hay dualidades más profundas
que un simple yin yang.
No siempre lo claro o blanco
es claridad, pureza o luz;
a veces es solo el revés
que se acostumbra mostrar.
A veces una rosa blanca
va más teñida que el negro,
camufla las heridas vividas,
las espinas que lastimaron la vida.
Ni las velas encendidas
son pura luz: siempre reflejan su sombra.
Es tenue y tan intenso,
por más que complete entre rezos
su pulcritud.
Es símbolo sutil de la vida
mientras se consume encendida.
Así es la flor desprendida
que obsequiamos en las partidas:
frescas, perfumadas y hermosas,
adornando los rincones
que luego perecerán marchitas y secas,
olvidadas en la fría oscuridad sepulcral.
Blanco para el descanso,
negro para el luto.
Oscuro dentro,
florido encima.
Luego el tiempo dirá,
mostrará lo oscuro en la rosa blanca
y la claridad de la rosa negra.
El duelo hay que atravesar,
el dolor hay que procesar.
Y la vida siempre llega a su final,
de ella no se puede escapar:
es el contrato del nacer
y una promesa de eternidad
al cruzar el umbral.
©️Margarita Schaerer
Asunción - Paraguay (01/04/2026)

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